viernes, 19 de mayo de 2017

Como quien dice ayer




Cuando volvimos a mirar, todos estaban muertos.
Lawton era un matadero. La Habana, un holocausto doméstico. No quedó ni un solo vecino en pie de la vieja época.

Nadie los podría nombrar ahora en el mundo. Nadie, excepto yo. El niño aquel que vino a verlos un rato en los años setenta. El vecinito de enfrente. El hijo de la vejez de Pardo y María, que llegó a Lawton con una lucidez de memoria enferma, en diciembre de 1971, y todavía no se ha marchado de allí. Todavía Landy no se cura de tanta muerte de la gente buena y linda que, en otra época, componían las cuatro esquinas de nuestro universo cerrado. Claustrofóbico, pero candoroso.

Últimamente, mientras más avanzan los sueños en soledad del exilio, más recuerdo a mis muertos. En más de un sentido, son míos. Se me murieron a mí. Ni ellos mismos se acuerdan de ellos ahora. Únicamente yo, en esta patagonia política que aún se llaman los Estados Unidos, cargo con ellos a mi espalda. Cadáveres de un tiempo original, donde cada cosa encajaba a la perfección en sí misma y todas parecían pertenecer a su espacio.

No faltaba ni sobraba nada. La vida lucía entonces estabilizada. El paraíso es una visión con las rodillas puestas en nuestra infancia. Y la cabeza apuntando hacia ninguna parte. No pensábamos en nada. No pesábamos nada. Éramos de una raza estrictamente inmortal. En aquella Cuba inconsciente fuimos, por primera y única vez en el mundo, conscientemente cubanos.

Pero cuando volvimos a mirar, ya todos estaban muertos.
Lawton se vació de vida. La Habana se hundió en La Habanada. No quedó ni una sola memoria de la vieja época.
Hoy estiro los brazos desde las universidades y aeropuertos de Norteamérica e intento tocar a mis vecinos en vida. Es una demanda metafísica, anacrónica, extemporánea, contra-contemporánea. 

En más de un sentido, mis vecinos de toda la vida me han traicionado. De una parte, la lógica de la Revolución nos hizo talco, nos hizo ajenos, nos alienó: ya no somos aquellos que éramos, ni tampoco seremos aquellos que íbamos a ser. De la otra parte, la lógica de la muerte mansa nos fue ubicando en geometrías irreconciliables: por un ratico nuestros cuerpos parecen haberse extraviado, no coincidimos ya en los mismos barrios, nos hemos ido muriendo de la peor manera ―en la distancia de los desconocidos, en la desdistancia de los que nunca han coincidido.

Es decir, ni siquiera podremos morirnos todos en la verdad. Hemos vivido en algo mucho menos sólido que un sueño de infancia. Hemos vivido en una mentira incesante, en un perpetuo estado de negación. Cuando ya casi íbamos a ser nosotros, no fuimos ni siquiera otros.

Pero, por supuesto, esto tampoco nadie lo recuerda ahora en el mundo. Nadie, excepto yo. El niño aquel que vino para dar testimonio de los años setenta en los tiempos del totalitarismo invisible cubano. El vecinito de enfrente, vencido e invencible hoy a sus 45 desconsolados años. El hijo viejo de Pardo y María, que llegó a Lawton con una avidez de verdad pura, en diciembre de 1971, y todavía no se atreve a regresar de nuevo allí. Todavía Landy no sabe qué hacer con la muerte de tanta gente linda y buena que, en otra época, componían las cuatro esquinas de nuestro universo cerrado. Candoroso, pero irrecuperable.

Ustedes no me entienden, ¿verdad? ¿Ustedes tampoco se acuerdan nunca de mí? ¿Y de ustedes mismos, si es que estuvieron allí? Ustedes no se entienden, ¿verdad?

jueves, 18 de mayo de 2017

Mirame, Miami, y por tu horror no llores



In Memoriam Park

                                                                          
                                            A Eddy Campa, ese don nadie.

Aquí nadie habla, nadie se mueve.
Ni los árboles.

La Pequeña Habana ha desaparecido
en uno de esos atardeceres de la mejor Miami:
la capital de los cubanos donde recalan los
colibríes, pavorreales, delfines
y demás agentes del Ministerio del Interior.

Nunca habrá aquí otro exiliado.
A todos los envían ahora desde La Gran Habana.
Todos son los 5 o los 555 héroes
de un plan maestro ministerial.

Hasta aquí hemos llegado
los tránsfugas del totalitarismo.
Hasta aquí nos ha traído nuestra misión:
diseminar la decadencia,
que no cunda el pánico sino la peste.

Nuestros hijos huérfanos no nos enterrarán.
Hasta eso tendremos que resolverlo
sin la ayuda de nadie.
Estamos bien, no nos falta nada.
No nos ata nada
a nada.
Vivimos del aire,
en el aire.

Aquí nadie habla, nadie se mueve.
Ni los cubanos.
La Pequeña Habana ha desaparecido
en uno de esos parqueos de 5 o 555 pisos,
sin taxímetro ni epitafio
pero con caja automática:
clonadores de tarjetas, estafadores del seguro médico
y diplomáticos del Ministerio del Interior.

Habría que repatriar a la Virgen de la Caridad:
desde la ermita de Miami
de cabeza
hasta su cuchitril en Guanabo.

Habría que apagar el eco en google
de los cláxones y los fuegos artificiales,
de los titulares del Nuevo Herald y las viejas bocinas,
todos versitos bastardos
que aún resuenan en el Memorial Park.

Hasta eso nos hemos callado
los cófrades de la cubanía en clave de Castro.
Hasta eso hemos deglutido con devoción:
rumiar la rabia como si fuera una hojita de romerillo,
prevenir el fallo renal antes de que falle la Revolución.

El silencio de nuestras gargantas es ahora críptico.
Un silencio de tres pares de cojones
por donde corren desquiciados
los podcasts y las perseguidoras,
americanos que odian a americanos
a tiro limpio,
teatro de capitales sin capitalistas,
mientras los cubanos nos sacamos un moco en Miami
y nos lo comemos con pan orgánico
en los escalators del mall.

La victoria de los Estados Unidos es la velocidad.
En La Florida, patéticos, pedaleamos
al ritmo de una balsa que no se hunde
ni con el peso muerto de la Torre de la Libertad.

El exilio es un triciclo que se nos oxidó,
que se nos olvidó allá atrás en el patio.
A falta de cariño,
la diáspora nos cogió carcoma.

Nos fue condecorando el cáncer.
Nos cogimos el culo con el crepúsculo.
Los latinoamericanos más feos
nos latinoamericanizaron la fealdad originaria del barrio.
Cambiamos la vaca por la chiva
y Coral Gables por un crucero de cabeza a La Habana.

Postalitas del gran retorno.
Ahora, por fin, ya estamos en ninguna parte.
Somos,
como vulgarmente se dice,
cubanos universales.


martes, 16 de mayo de 2017

El compañero que nos atiende





No son compañeros.
         Y no nos atienden.
         Esos “compañeros”, que durante 25 años “atendieron” a Oswaldo Payá, por ejemplo, fueron los mismos que el 22 de julio de 2012, en una carretera remota de Cuba, cumplieron con la orden de asesinarlo a sangre fría, en un atentado concebido como una operación militar y de inteligencia, necesariamente autorizada al máximo nivel. Es decir, por Fidel Castro, Raúl Castro, y la jerarquía del Ministro del Interior cubano (probablemente también por la del Ministerio de las Fuerzas Armadas Revolucionarias, pues hay indicios de que se usó un helicóptero militar para desplazar al cadáver de Payá desde el sitio real de su asesinato hacia el sitio del falso accidente de la versión oficial).
         No sería de extrañar que para matar a Oswaldo Payá ese domingo, los verdugos que, justo hasta ese instante eran sólo los “compañeros que lo atendían”, usaran únicamente sus manos. Le partieron la nuca, acaso tras leerle su sentencia secreta de muerte, firmada en nombre de la dirección de la Revolución. Si Payá imploró indignamente por su vida, o si murió como un mártir más del comunismo mundial, es poco probable que lo sepamos nunca. Sus verdugos ya pueden, a su vez, haber sido ejecutados por otros compañeros que se dedican a atender a esos compañeros que nos atienden. 
         Así es que no son “compañeros”. Nunca lo han sido.
         Y mucho menos nos “atienden”.
         Nosotros para ellos no tenemos la menor importancia. Ni siquiera nos prestan mucha atención. Para ellos, nosotros somos apenas unos muertos que aún caminan.
         El escritor cubano exiliado Norberto Fuentes lo relata tal cual en uno de los libros más repugnantes de la historia de la humanidad, Dulces guerreros cubanos. Norberto Fuentes le pregunta al coronel cubano (y asesino en serie paramilitar) Tony de la Guardia: “¿Qué sientes de una persona antes de ajusticiarla?” Y Tony de la Guardia le contesta, muy parco: “Que ya está muerto”. Entonces Norberto Fuentes, que probablemente también sea cómplice de varios asesinatos políticos en Cuba y en el exilio cubano, parece desconcertarse ante la total falta de humanidad de su amigo Tony de la Guardia, y trata de que el coronel (y asesino en serie paramilitar) se explique mejor: “No, tú no me entiendes. Quiero saber qué piensas de lo que tienes que hacer, sobre este o aquel hombre en específico antes de ajusticiarlo”. Pero Tony de la Guardia es un hombre de pocas palabras y muchos crímenes, como las Parcas: “Que ya están muertos”.
         Por eso mismo, en julio de 1989, los compañeros que atendían al compañero Tony de la Guardia decidieron fusilarlo a tiempo, para que sus muchos crímenes nunca fueran a convertirse en testimonio. Tony de la Guardia, también (por suerte para sus futuras víctimas que nunca lo fueron), ya estaba muerto mientras mataba a sus muertos caminantes.
         Como muerto estaba yo antes en Cuba.
         Como muertos estamos todos ahora en el exilio cubano.
         El martes 24 de marzo de 2009 recibí la Citación Oficial, con sello y cuño del Ministerio del Interior de la República de Cuba. A la hora de la telenovela, sobre las diez y un poco de la noche hueca de Lawton, mi barrio natal en las afueras de La Habana, a donde nunca más volveré mientras me quede vida. Es una decisión personal, testamentaria.
         La Citación era pedacito de papelito barato, impreso con una impresora de cinta de las más antiguas, supongo. Mientras más despótico, más precario es el poder. En Cuba tampoco hacen falta grandes demostraciones de poderío: la gente sabe y siente dónde radica el mal, aunque lo ignoren.
         Creo recordar que ni siquiera se trataba de la Citación original, sino de una segunda o tercera copia de papel carbón. La trajo un chiquillo en motocicleta. Dijo llamarse “Reinaldito”. Desde el inicio estábamos, pues, en familia. La cosa quedaría así entre cubanos. Y aquí no ha pasado nada, compañeros. Se trataba apenas de un gesto, otro gesto más, de atención hacia mí. Los intelectuales cubanos de la Isla en ese sentido son muy privilegiados. Fuera de Cuba nadie les presta demasiada atención. Por eso se quejan tanto a cada rato. Por eso a cada rato les da un ataque de falta de protagonismo y entonces venden hasta el alma, con tal de que el Estado cubano les vuelva a prestar aunque sea un poquito de atención. Todos son a la postre tan repugnantes como dulces guerreros cubanos.
         Reinaldito nos dijo a mi madre y a mí que no nos preocupáramos, que seguro se trataba de algún malentendido menor. Una cosa de rutina, con suerte. El horror en la Cuba de Castro siempre lo es: un error, una casualidad sin mala intención. Algo que “se les va de las manos” a “los compañeros que nos atienden”. Por lo que, en consecuencia, ni ellos ni nadie tienen por qué sentirse culpables de la represión. Es más, si tú eres un académico norteamericano fascinado con Cuba, mucho menos tienes por qué sentir ningún dilema moral. ¡Aplaude y bien! Ay, y si eres de “origen cubano” (como dice el régimen de los Castros), por favor: ¿qué esperas para hacerte tu selfie sonriente en Casa de las Américas, el CENESEX, el ICAIC, la UPEC o la UNEAC?).
         A todos los efectos, Reinaldito es un santo inocente, y lo digo sin ironías. A su edad es probable que desconozca de los encarcelamientos de manera arbitraria. O de las expatriaciones forzosas de cubanos. O de la muerte que se nos impone con absoluta impunidad. Ese no saber lo humaniza. A mí, ese sí saber me deshumanizó. Porque el daño que te desnuca la existencia es un daño anónimo, un daño casi apócrifo. Un daño que te haces tú mismo a ti, como al descuido. El daño (y espero que ningún intelectual cubano se atreva a estas alturas a contradecirme) nunca te lo hace la Revolución. Eres tú. Es el compañero que eres tú y que no sabe ni cómo atenderse a sí mismo. Te dañas. Pero ya irás aprendiendo a sanar, gracias a los Reinalditos que irán por ti. Hasta tu casa.
         Y a los Arieles.
         Porque el mío dijo llamarse Ariel. Supongo que por el clásico ensayo Ariel de José Enrique Rodó. Cuestiones de táctica a la hora del operativo. No usaba uniforme, pero dijo poseer los grados de mayor en la inteligencia militar cubana. No sé de qué carajos hablaba ese Ariel. Todavía hoy lo ignoro. Ariel García Pérez, si tomamos en cuenta los datos de la Citación para “ser entrevistado” que Reinaldito me llevó en su Suzuki de estreno la noche anterior. Hasta mi casa.
         Fue al día siguiente. El miércoles 25 de marzo de 2009, a las tres de la tarde. En la estación policial de la calle Aguilera, en mi propio barrio de Lawton. No voy a hacer una transcripción de lo que hablamos esa tarde tremenda. En cualquier caso, hablamos demasiado. Con la muerte no se dialoga, pero eso lo aprendí unos meses más tarde, cuando los compañeros que atienden la muerte fueron matando a los activistas de derechos humanos Orlando Zapata Tamayo (febrero 2010), Juan Wilfredo Soto García (mayo 2011), Laura Pollán Toledo (octubre 2011), Wilmar Villar Mendoza (enero 2012), Harold Cepero Escalante (julio 2012), y Oswaldo Payá Sardiñas (julio 2012). También al empresario chileno Roberto Baudrand Valdés (abril 2010). Esa es sólo mi cronología personal. Hay muchos más en estos últimos años. No por gusto el padre (ex diplomático cubano) de la artista del performance Tania Bruguera así se lo advirtió en su momento: “Raúl no es Fidel; Raúl mata y después te avisa”. (Me pregunto si el hecho de avisarte antes de matar hacía mejor o peor a Fidel.)
         Yo tenía miedo, sí, pero creo que fui valiente de sobra ante mi Ariel (un blancón trigueño de bigotico) y ante otra compañera que dijo llamarse Alina, una pelirroja pecosa que sí vestía el uniforme verde oliva del MinInt, muy entallado, con su blusa de botones abiertos en el escote para que sus senos se asomaran a mí. No dejé de mirárselos nunca. Usé ese punto de mira como mi único punto fuerte durante la sesión. Ellos eran unos violadores. Y yo también era un violador. Seguíamos, pues, en familia.
         No me retracté de nada durante el interrogatorio. No era una entrevista, para nada. Fui interrogado con todas las de la ley (al margen de toda ley). Fui dejado solo en una oficina, durante más de una hora. Y fui interrogado otra vez. Ariel no paraba de usar su celular (un modelo viejo). Tal vez me estaba grabando. Yo no pude entrar el mío a la estación policial. Tampoco lo hubiera entrado: era un i-Phone con una tarjeta clandestina de Swisscom (regalo de la muchacha más linda de los cantones del mundo).
         En un momento dado, por un detalle que Ariel y Alina deslizaron como al azar, me di cuenta de que habían entrado a mi correo Gmail. Lo habían leído todo. Incluso mi vocación de pornógrafo. No es que yo hubiera sido demasiado sagaz. Es que ellos me dieron la pista precisa, a ver si yo me daba cuenta de que habían entrado a mi correo Gmail. A ver cómo yo reaccionaba de saber que, en ese preciso instante, ellos todavía estaban metidos allí, leyendo a sus anchas.
         Ariel y Alina se dieron cuenta de que yo me había dado cuenta. Notaron enseguida que estaban lidiando con un tipo inteligente. Lo cual fue mucho peor. Pues la inteligencia cubana siempre trata de captar la inteligencia de los cubanos. Y si no puede, entonces tiene el deber de destruir la inteligencia de ese cubano. Y si no puede, entonces tiene el deber de destruir a ese cubano.
         Yo pasaría después por todas esas fases de la “atención”, entre marzo del 2009 y marzo del 2013, cuando salí de Cuba para nunca volver (al menos mientras me alcance la vida para no volver).
         A las cinco horas, me dio fatiga. Me trajeron agua. Me dio miedo beberla. No la bebí. Trataron de obligarme a firmar un Acta de Advertencia Oficial, en la cual yo mismo debía de incriminarme de estar en un estado de “peligrosidad pre-delictiva”. Dicha Acta constituye, por cierto, un agravante a la hora de cualquier asunto penal. No la firmé. No por una cuestión de principios, sino porque a partir de cierto momento ya todo me daba igual. Me presionaron. Me paré para irme. Ariel me zarandeó con fuerzas y me tiró de vuelta a mi silla, a mi pupitre de pionero, a mi cepo.
         Sentí ganas de llorar. Pero no lloré. En ese momento me dio por dejar de hablarles. Y, aunque fui arrestado después tres veces (noviembre 2009, marzo 2012, septiembre 2012), ya nunca les volví a dirigir la palabra a ninguno de esos tipos que están ante ti acaso para calibrar la fuerza que tendrán que hacer un día para desnucarte.
         Entonces Ariel trajo a dos policías para que firmaran, como testigos, mi Acta de Advertencia Oficial. Dos negros descomunales. Los dos sonreían. Eran pasadas las ocho de la noche. Estábamos prácticamente a oscuras en el segundo piso de la estación de Aguilera. Sentí una soledad ancestral. Entendí que nadie podría hacer nada por mí en Cuba, ni en ninguna parte. Entendí que los cubanos estamos todos a la mala de Dios y la buena del Estado, en manos de esa compañía de criminales atentos: carroñeros que nos atienden y nos tienden trampas, hasta que un día quien se tiende entonces es nuestro cadáver, tendido en una funeraria sobre las cucarachas de ocasión y bajo la inevitable banderona cubana (ese “buitre cínico y odioso que exhibe las carroñas de su ruina”, al decir del poeta José Manuel Poveda).
         Ariel se calmó. Igual ya tenía lo suyo. Había cumplido bien con su primera misión respecto al caso de Orlando Luis Pardo Lazo, yo. En presencia de Alina y de los dos policías entonces me dijo, casi me susurró (tal como imagino a Tony de la Guardia respondiéndole a Norberto Fuentes): “No sé si dejarte en el calabozo esta noche. Contigo está pendiente otra conversación”.
         Trabajaba contra mi esperanza. O eso pensé. Yo ya me veía yéndome. Y de pronto él aún ponderaba si debía o no debía dejarme partir. Dependía de él, y de la cadena de mando de sus superiores. Para eso me atendían. Para eso nos atienden a todos, uno a uno, aunque tú te resistas a creerlo así.
         Ariel se lo pensó mejor. Tuvo piedad de mí, como buen compañero al fin y al cabo. Ariel me miró. Me dijo: “Mírame”. Levanté la vista del entreseno de Alina. Ella respiró aliviada (mi pequeña victoria de violador). Ariel me confesó, ya en familia: “¿Sabes lo que pasa? Que seguro tú no trajiste condones, así que mejor no te dejo dormir aquí”.
         Un mayor de la inteligencia militar cubana me estaba amenazando con una violación. Permítanme repetirlo tal como lo pensé en aquella oficinita en penumbras. Un mayor de la inteligencia militar cubana me estaba amenazando con partirme y bien partido mi culo.
         Entendí entonces exactamente de qué había estado hablando durante cinco horas mi Ariel (Alina apenas asentía y tomaba notas, igual podía ser una estudiante en entrenamiento: mis disculpas, compañera). Ariel García Pérez, según su nombre completo consta en la Citación Oficial, me estaba haciendo partícipe de un privilegio: saber la verdad, ver la verdad, vivir en la verdad, que siempre será una especie de secreto de secta, un susurro exclusivamente entre los iniciados. Ahora yo era de ellos, uno más de la cofradía del terror cubano como una cosa natural, para nada orwelliana. De hecho, no hay nada más natural que el sexo anal, siendo la idea de que existe un sexo contranatura lo verdaderamente contranatural. De pequeño violador de Alina, yo pasé a ser el gran violado de Ariel. Calibán por culo. Como quien te pone de espaldas en cuatro patas pero enseguida se la piensa mejor. Y decide entonces partirte bien partida tu nuca.
         Antes de esa escena de semen y misericordia, como la mayoría de mis colegas, yo sufría de infantilismo intelectual. De no ser por ese momento maravilloso donde la muerte emerge y se extingue hasta la última traza de idiotez idiomática, todavía yo les estaría diciendo al “compañero que me atiende” el “compañero que me atiende”. Pero, por suerte, ya no más. Ni son compañeros. Ni nos atienden.
         Sólo los muertos que ya estamos muertos podemos decirlo ahora de corazón:
         Gracias, Ariel.
         Gracias, Tony de la Guardia.