jueves, 18 de mayo de 2017

Mirame, Miami, y por tu horror no llores



In Memoriam Park

                                                                          
                                            A Eddy Campa, ese don nadie.

Aquí nadie habla, nadie se mueve.
Ni los árboles.

La Pequeña Habana ha desaparecido
en uno de esos atardeceres de la mejor Miami:
la capital de los cubanos donde recalan los
colibríes, pavorreales, delfines
y demás agentes del Ministerio del Interior.

Nunca habrá aquí otro exiliado.
A todos los envían ahora desde La Gran Habana.
Todos son los 5 o los 555 héroes
de un plan maestro ministerial.

Hasta aquí hemos llegado
los tránsfugas del totalitarismo.
Hasta aquí nos ha traído nuestra misión:
diseminar la decadencia,
que no cunda el pánico sino la peste.

Nuestros hijos huérfanos no nos enterrarán.
Hasta eso tendremos que resolverlo
sin la ayuda de nadie.
Estamos bien, no nos falta nada.
No nos ata nada
a nada.
Vivimos del aire,
en el aire.

Aquí nadie habla, nadie se mueve.
Ni los cubanos.
La Pequeña Habana ha desaparecido
en uno de esos parqueos de 5 o 555 pisos,
sin taxímetro ni epitafio
pero con caja automática:
clonadores de tarjetas, estafadores del seguro médico
y diplomáticos del Ministerio del Interior.

Habría que repatriar a la Virgen de la Caridad:
desde la ermita de Miami
de cabeza
hasta su cuchitril en Guanabo.

Habría que apagar el eco en google
de los cláxones y los fuegos artificiales,
de los titulares del Nuevo Herald y las viejas bocinas,
todos versitos bastardos
que aún resuenan en el Memorial Park.

Hasta eso nos hemos callado
los cófrades de la cubanía en clave de Castro.
Hasta eso hemos deglutido con devoción:
rumiar la rabia como si fuera una hojita de romerillo,
prevenir el fallo renal antes de que falle la Revolución.

El silencio de nuestras gargantas es ahora críptico.
Un silencio de tres pares de cojones
por donde corren desquiciados
los podcasts y las perseguidoras,
americanos que odian a americanos
a tiro limpio,
teatro de capitales sin capitalistas,
mientras los cubanos nos sacamos un moco en Miami
y nos lo comemos con pan orgánico
en los escalators del mall.

La victoria de los Estados Unidos es la velocidad.
En La Florida, patéticos, pedaleamos
al ritmo de una balsa que no se hunde
ni con el peso muerto de la Torre de la Libertad.

El exilio es un triciclo que se nos oxidó,
que se nos olvidó allá atrás en el patio.
A falta de cariño,
la diáspora nos cogió carcoma.

Nos fue condecorando el cáncer.
Nos cogimos el culo con el crepúsculo.
Los latinoamericanos más feos
nos latinoamericanizaron la fealdad originaria del barrio.
Cambiamos la vaca por la chiva
y Coral Gables por un crucero de cabeza a La Habana.

Postalitas del gran retorno.
Ahora, por fin, ya estamos en ninguna parte.
Somos,
como vulgarmente se dice,
cubanos universales.


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