martes, 23 de mayo de 2017

Liszt de que pinga






YO TAMBIÉN FUI UN IGNORANTE INDIGNADO
Orlando Luis Pardo Lazo

En La Habana más hueca. En la ciudad de los años cero. Me habían expulsado de mi trabajo como Licenciado en Bioquímica, en el Centro de Ingeniería Genética y Biotecnología.

Fue en abril de 1999. Y yo andaba por esa Cuba del renacer de los Castros con la cabeza vacía, dando trastazos, buscando un triste empleo para no tener que exiliarme ni tampoco matarme, que a la postre ha sido más o menos lo mismo.

Gracias al escritor Eduardo Heras León, en el verano del año 2000 por fin conseguí un puestecito más o menos humillante, como promotor cultural en el Centro Provincial del Libro y la Literatura, un antro de desconsuelo en la calle Zanja entre Aramburu y Hospital. Un manicomio, lleno de mujeres-madres que almorzaban a toda hora, pero sin una sola ventana para respirar en aquel clima irrespirable.

En una de esas siniestras “actividades culturales” que tuve que coordinar, a cambio del equivalente de unos 15 dólares mensuales como salario estatal, fui al Gran Teatro de La Habana. Se le haría un homenaje a Jaime Sarusky, si no recuerdo mal. Y allí hablé con una mujer de la alta aristocracia cubana supongo que de los años cuarenta y cincuenta del siglo pasado. Una bruja en toda regla. Ampulosa, arrogante. Especialista en ballet y música clásica, a la vez que renegando de su origen de clase (sin quitarse sus joyas) y muy sumisa al chachán tan chusmo de la Revolución.

En su oficina tampoco me era posible respirar. Los cuadros del Ché y de Alicia Alonso me asfixiaban. También el olor a almuerzo proletario, ese tufo que recorre los mediodías candentes del comunismo cubano, y que son el primer síntoma irreversible de la locura. Estábamos armando el programa cultural de la velada y ella me iba diciendo la música que se emplearía en cada parte del show. En una de esas, la gran dama obrera mencionó una pieza archifamosa de Liszt. Pero yo ignoraba cómo escribir ese título original (no supe ni siquiera si era una frase en italiano o francés o alemán o… ¡acaso en húngaro!). Y, para colmo, tampoco supe cómo deletrear bien el nombre de Liszt (todavía me cuesta hacerlo, como me pasa también con Nietzsche).

La mujerona me echó una mirada de asco con todo el peso de sus arrugas y joyas. Yo era un insecto. Yo era un burócrata de mierda que no me merecía ni aquel puestecito de mierda que me pagaba el Estado revolucionario. Un ignorante de mierda que ocupa el puesto de alguien con seguramente mejor instrucción. ¡Y así quería organizarle un homenaje de élite, nada menos que en el Gran Teatro de La Habana, al más que renombrado escritor de élite Jaime Sarusky, recientemente Premio Nacional de Literatura (aunque ningún cubano nunca lo haya leído ni ya nunca lo leerá)!

Tenía razón la antigua belleza del ballet batistiano, devenida embajadora cultural del castrismo. Yo era un mierda. Me estaba muriendo. Me habían botado de mi trabajo. Se me dijo que nunca más podría ejercer como profesional en la Isla. Estaba aterrado. No me atreví a denunciar nada, a nadie. Era el año 2000. No pensé que pudiera sobrevivir tanto después. El pánico paraliza.

Aquella lección fue terrible. Nadie te ama. La misma mujerona incapaz de mover un dedo para defenderme, ahora me machacaba mi total estado de estupidez. Entendí que lo mejor es no haber sido nunca cubano. No tener contemporáneos, no habitar en ningún país. Y también entendí que la cultura es solo otro nombre del odio, de la represión, de la violencia desde el lenguaje contra los individuos.

Sentí que me iba a desmayar.

Mi resistencia contra la verdad fue la más simple y brutal. Le pedí permiso a la mayorala ilustrada y salí al pasillo, como si fuera a ir de urgencia a los bañitos hediondos del Gran Teatro de La Habana. De hecho, fui.

Toda vez allí dentro, me aferré a las cabillas carcelarias de la ventanucas. Pensé: qué feo es el socialismo, qué intolerablemente feo es todo aquí, empezando por mi propia vida, por mi  falta de información, por mi desidia, por mis ganas de poner bombas en lugar de homenajes o, mejor, de poner una bomba en el lugar de los homenajes.

Me había convertido ya en un terrorista profesional.

En el baño de los balletómanos había una peste a mierda intolerable. Tal vez era la mierda de otras damas y caballeros burgueses-proletarios como la que me denigró, culos cómplices todos con una cultura descomunal. Y entonces grité, con todas las fuerzas de mi insania hueca, grité: ¡Pá la pinga, Liszt! ¡Pá la repinga, Liszt!

Era el 2000 y mi alarido fue el inicio de todo.

Salí del baño para la pinga. Salí para la pinga del Gran Teatro de La Habana. Todos mis exilios y extremismos, todas mis tentaciones y tristezas, desde Miami hasta Reykjavík, no son más que la continuación de esa fuga, de ese todavía estarme yendo para la mismísima repinga de allí.

Liszt el recontracoñísimo de su madre. 






lunes, 22 de mayo de 2017

Violencia Verde Vil





 
De la violencia como criterio de la verdad
Orlando Luis Pardo Lazo

La violencia revolucionaria por fin hoy es expuesta como lo que realmente es, aunque las personas decentes aún resistamos a creerlo así: violencia vil, envilecida, de verdugos brutales sin otra ideología más allá que un suelo asesino para sus instintos criminales. Un salario casi siempre pagado por los matones de La Habana, el clan Castro que todavía se aferra a un poder despótico para el cual nadie nunca los eligió.

El problema del hombre desaparece tan pronto erradicamos su causa (es decir, cuando erradicamos al hombre). Así lo dijo y lo demostró tétricamente en la práctica un ingeniero de almas que se hacía llamar Stalin (Acero). Otros seudónimos no menos cómplices de la masacre, como Lenin y Trotsky, fueron tan sanguinarios como el propio Stalin, pero se les acabó o les acabaron su tiempo antes de tiempo, en medio de las pugnas por el poder comunista. La historia de la izquierda en el mundo es eso: una retahíla de crímenes entre ellos mismos, además de cometer genocidios constantemente contra media humanidad.

Ahora le toca el turno terrible a Venezuela, un país que se resiste a vivir el destino degradante de Cuba. En la islita infame del Caribe, el Ejército Rebelde de los Castros comenzó fusilando a troche y moche desde la misma Sierra Maestra. De esto no nos dijo nada Julio Cortázar, que escribió un volumen de cuentos llamado “Todos los fuegos el fuego” para engañar a Europa y Latinoamérica con su bobería de intelectual izquierdista. En esas montañas orientales de Cuba, entre 1956 y 1959, los militares al mando de Fidel Castro mataban a su propia gente casi más que a los soldados de la República en los escasos combates de verdad. Y los mataban como escarmiento, para así sentar un precedente perverso de cuáles serían las fuentes secretas de su poder a perpetuidad: la muerte de los cubanos.

Ahora esos mismos Castros, ya seniles pero igual de asesinos que seis décadas atrás, quieren que la fuente de la gobernabilidad en Venezuela sea la muerte a mansalva de los venezolanos.

En Cuba, en los años 50s, muchos de los líderes de la guerrilla urbana en la clandestinidad, que no eran sino verdaderos tira-tiros sin compasión, ejecutaron a sangre fría a muchos cubanos en atentados, así como también se ejecutaron entre sí al considerarse mutuamente delatores, o acaso por mera competencia desleal. El caso más dramático fue la encerrona que los jerarcas de la Sierra Maestra le tendieron a Frank País en el llano, en el Santiago de Cuba de 1957, entregándolo a la furia de los sicarios del dictador Fulgencio Batista, tras una serie intencional de llamadas telefónicas que revelaron su escondite al G-2 batistiano (después de 1959, la Seguridad del Estado castrista adoptó ese mismo emblema mortal: G-2).

Desde el propio 1959 del triunfo revolucionario, en Cuba cayeron en desgracia casi todos los comandantes carismáticos de aquella supuesta epopeya emancipadora. Y fueron aniquilados casi todos los líderes del movimiento estudiantil cubano, que era radicalmente libertarios y anti-tiranía totalitaria. El comunismo en Cuba siempre fue muy odiado, pues Cuba era un país civilizado, donde los ciudadanos no podían ser engañados con la propaganda mercenaria de Moscú, introducida en la Isla por Blas Roca, Juan Marinello, Nicolás Guillén, Carlos Rafael Rodríguez, Edith García Buchaca, entre otros vendepatrias que después se someterían al dictum de Fidel Castro.

Así y todo, muchos de los comunistas originales cubanos fueron condenados a décadas de cárcel. Otros tuvieron que sufrir un exilio de por vida. Y aún otros fueron sometidos la pena de muerte sin dilación. Los comunistas cubanos que sobrevivieron fue sólo porque vendieron su memoria y su alma al diablo con barbas de verde-olivo, y hasta se hicieron ministros miserables de una Revolución que muy pronto se pintaría de rojo sólo para ser sufragada por Moscú.

El pueblo cubano, lo mismo que la prensa que iba quedando en la Isla, aplaudía estos “excesos necesarios dada la coyuntura histórica por la que atravesaba el país”, entre otras demagogias por el estilo, las que Fidel Castro disparaba a ritmo de ráfaga en nuestra televisión nacional.

Esa violencia verbal y física se la están aplicando hoy a rajatabla de Venezuela, el último bastión de Latinoamérica donde a los latinoamericanos hoy nos queda la esperanza de derrotar a las dictaduras de izquierda en nuestro hemisferio.
En muchas de las aventuras armadas en este continente, ejerciendo un injerencismo atroz, el castrismo mandó a matar por igual a quienes se le oponían y a quienes lo apoyaban de manera no conveniente. 

La experiencia chilena de inicios de los 70s fue emblemática al respecto, para culminar con un comando de cubanos que ultimaron en La Moneda al Presidente Allende, para entonces convertido ya en títere de La Habana. Esos cubanos salieron luego de La Moneda por sus propios pies, ante la complicidad de los tanques del General Pinochet, y de ahí siguieron para la embajada cubana en Santiago de Chile. Y desde allí pudieron recorrer medio Chile en paz, hasta embarcarse de vuelta a Cuba en un barco ruso anclado con toda impunidad en Valparaíso. Misión cumplida, comandante. Muerto el perro, se acabó la rabia.

En Venezuela hoy no es diferente. El castrismo conserva intacta a sus mentes malévolas. Descabezaron clínicamente el liderazgo planetario de Hugo Chávez, que antes había descabezado a su vez al propio ejército constitucional de la nación. Los accidentes ocurren, sobre todo en el aire, donde es tan utilitaria la fuerza de gravedad, donde la muerte siempre termina entronizando a los matarifes en el poder. 

Miraflores es un cementerio, una cazuela donde se cocinan las peores fórmulas funerarias del mal: el palacio póstumo de la muerte de colegas y contestatarios por igual, por cientos, por miles, por cientos de miles a la vuelta de veinte años de un socialismo sucio pagado por Europa y por los Estados Unidos, potencias que mantienen viva a la dictadura vendiéndole armas y comprándole petróleo.

Así, cada estudiante asesinado con una bala en la cabeza en las calles de Venezuela ha sido asesinado primero por las izquierdas europeas y por las derechas norteamericanas. Todo lo demás es retórica.

Nadie crea que el castrismo está perdiendo su última pelea debido a la ineptitud de Nicolás Maduro, que en puridad no es sino uno de los cuadros más habilidosos y mejor entrenados por la inteligencia cubana, por el grosero G-2. Ocurre simplemente que el rol de Maduro es el de encarnar al hermano idiota dentro de la gran familia despótico-populista continental. Los Castros son los sabios. Y sus sátrapas latinoamericanos funcionan apenas como palancas y correas de mando, así como meras piezas de repuesto en una carrera hacia la eternidad, donde el objetivo clave es que nunca colapse Cuba, aunque Venezuela termine en una masacre.

Esos muertos “de mierda” en Venezuela a los comunistas cubanos nos les importan ni una mierda. Están bien muertos y hay que matarlos más. Pero donde no pueden ocurrir semejantes protestas, ni mucho menos desatarse semejante represión, es en Cuba. El régimen de los Castros es un exportador de violencias a sus vecinos, para así imponer dentro de la Isla, hasta el fin de los tiempos totalitarios, la paz perversa de los cementerios. El verdadero Miraflores es la Plaza de la Revolución de La Habana.

Los venezolanos tienen que tomar Miraflores y tienen que tomar Miraflores ya. Sólo así serán libres hoy mismo.
Por desgracia, los cubanos todavía tenemos tragedia para muchas décadas más.

viernes, 19 de mayo de 2017

Como quien dice ayer




Cuando volvimos a mirar, todos estaban muertos.
Lawton era un matadero. La Habana, un holocausto doméstico. No quedó ni un solo vecino en pie de la vieja época.

Nadie los podría nombrar ahora en el mundo. Nadie, excepto yo. El niño aquel que vino a verlos un rato en los años setenta. El vecinito de enfrente. El hijo de la vejez de Pardo y María, que llegó a Lawton con una lucidez de memoria enferma, en diciembre de 1971, y todavía no se ha marchado de allí. Todavía Landy no se cura de tanta muerte de la gente buena y linda que, en otra época, componían las cuatro esquinas de nuestro universo cerrado. Claustrofóbico, pero candoroso.

Últimamente, mientras más avanzan los sueños en soledad del exilio, más recuerdo a mis muertos. En más de un sentido, son míos. Se me murieron a mí. Ni ellos mismos se acuerdan de ellos ahora. Únicamente yo, en esta patagonia política que aún se llaman los Estados Unidos, cargo con ellos a mi espalda. Cadáveres de un tiempo original, donde cada cosa encajaba a la perfección en sí misma y todas parecían pertenecer a su espacio.

No faltaba ni sobraba nada. La vida lucía entonces estabilizada. El paraíso es una visión con las rodillas puestas en nuestra infancia. Y la cabeza apuntando hacia ninguna parte. No pensábamos en nada. No pesábamos nada. Éramos de una raza estrictamente inmortal. En aquella Cuba inconsciente fuimos, por primera y única vez en el mundo, conscientemente cubanos.

Pero cuando volvimos a mirar, ya todos estaban muertos.
Lawton se vació de vida. La Habana se hundió en La Habanada. No quedó ni una sola memoria de la vieja época.
Hoy estiro los brazos desde las universidades y aeropuertos de Norteamérica e intento tocar a mis vecinos en vida. Es una demanda metafísica, anacrónica, extemporánea, contra-contemporánea. 

En más de un sentido, mis vecinos de toda la vida me han traicionado. De una parte, la lógica de la Revolución nos hizo talco, nos hizo ajenos, nos alienó: ya no somos aquellos que éramos, ni tampoco seremos aquellos que íbamos a ser. De la otra parte, la lógica de la muerte mansa nos fue ubicando en geometrías irreconciliables: por un ratico nuestros cuerpos parecen haberse extraviado, no coincidimos ya en los mismos barrios, nos hemos ido muriendo de la peor manera ―en la distancia de los desconocidos, en la desdistancia de los que nunca han coincidido.

Es decir, ni siquiera podremos morirnos todos en la verdad. Hemos vivido en algo mucho menos sólido que un sueño de infancia. Hemos vivido en una mentira incesante, en un perpetuo estado de negación. Cuando ya casi íbamos a ser nosotros, no fuimos ni siquiera otros.

Pero, por supuesto, esto tampoco nadie lo recuerda ahora en el mundo. Nadie, excepto yo. El niño aquel que vino para dar testimonio de los años setenta en los tiempos del totalitarismo invisible cubano. El vecinito de enfrente, vencido e invencible hoy a sus 45 desconsolados años. El hijo viejo de Pardo y María, que llegó a Lawton con una avidez de verdad pura, en diciembre de 1971, y todavía no se atreve a regresar de nuevo allí. Todavía Landy no sabe qué hacer con la muerte de tanta gente linda y buena que, en otra época, componían las cuatro esquinas de nuestro universo cerrado. Candoroso, pero irrecuperable.

Ustedes no me entienden, ¿verdad? ¿Ustedes tampoco se acuerdan nunca de mí? ¿Y de ustedes mismos, si es que estuvieron allí? Ustedes no se entienden, ¿verdad?

jueves, 18 de mayo de 2017

Mirame, Miami, y por tu horror no llores



In Memoriam Park

                                                                          
                                            A Eddy Campa, ese don nadie.

Aquí nadie habla, nadie se mueve.
Ni los árboles.

La Pequeña Habana ha desaparecido
en uno de esos atardeceres de la mejor Miami:
la capital de los cubanos donde recalan los
colibríes, pavorreales, delfines
y demás agentes del Ministerio del Interior.

Nunca habrá aquí otro exiliado.
A todos los envían ahora desde La Gran Habana.
Todos son los 5 o los 555 héroes
de un plan maestro ministerial.

Hasta aquí hemos llegado
los tránsfugas del totalitarismo.
Hasta aquí nos ha traído nuestra misión:
diseminar la decadencia,
que no cunda el pánico sino la peste.

Nuestros hijos huérfanos no nos enterrarán.
Hasta eso tendremos que resolverlo
sin la ayuda de nadie.
Estamos bien, no nos falta nada.
No nos ata nada
a nada.
Vivimos del aire,
en el aire.

Aquí nadie habla, nadie se mueve.
Ni los cubanos.
La Pequeña Habana ha desaparecido
en uno de esos parqueos de 5 o 555 pisos,
sin taxímetro ni epitafio
pero con caja automática:
clonadores de tarjetas, estafadores del seguro médico
y diplomáticos del Ministerio del Interior.

Habría que repatriar a la Virgen de la Caridad:
desde la ermita de Miami
de cabeza
hasta su cuchitril en Guanabo.

Habría que apagar el eco en google
de los cláxones y los fuegos artificiales,
de los titulares del Nuevo Herald y las viejas bocinas,
todos versitos bastardos
que aún resuenan en el Memorial Park.

Hasta eso nos hemos callado
los cófrades de la cubanía en clave de Castro.
Hasta eso hemos deglutido con devoción:
rumiar la rabia como si fuera una hojita de romerillo,
prevenir el fallo renal antes de que falle la Revolución.

El silencio de nuestras gargantas es ahora críptico.
Un silencio de tres pares de cojones
por donde corren desquiciados
los podcasts y las perseguidoras,
americanos que odian a americanos
a tiro limpio,
teatro de capitales sin capitalistas,
mientras los cubanos nos sacamos un moco en Miami
y nos lo comemos con pan orgánico
en los escalators del mall.

La victoria de los Estados Unidos es la velocidad.
En La Florida, patéticos, pedaleamos
al ritmo de una balsa que no se hunde
ni con el peso muerto de la Torre de la Libertad.

El exilio es un triciclo que se nos oxidó,
que se nos olvidó allá atrás en el patio.
A falta de cariño,
la diáspora nos cogió carcoma.

Nos fue condecorando el cáncer.
Nos cogimos el culo con el crepúsculo.
Los latinoamericanos más feos
nos latinoamericanizaron la fealdad originaria del barrio.
Cambiamos la vaca por la chiva
y Coral Gables por un crucero de cabeza a La Habana.

Postalitas del gran retorno.
Ahora, por fin, ya estamos en ninguna parte.
Somos,
como vulgarmente se dice,
cubanos universales.